Gloria Díaz: Psicóloga. Terapeuta matrimonial y familiar. Especialista en Terapia Breve.
Introducción
La globalización y los movimientos migratorios han vuelto la interculturalidad una realidad cotidiana en la práctica clínica. Cada vez más profesionales se encuentran con el reto de comprender y acompañar a personas que viven entre distintos marcos de valores, lenguajes y significados. La Terapia Breve Ericksoniana (TBE) ofrece un modelo especialmente pertinente para este escenario: un enfoque pragmático, contextual y relacional que prioriza la observación cuidadosa, la flexibilidad y la adaptación a la realidad del cliente.
Mi trayectoria profesional transcurre entre Barcelona y California, donde ejerzo en entornos de gran diversidad cultural. Este recorrido me permite comprobar cómo los principios ericksonianos se vuelven especialmente valiosos cuando se trabaja con poblaciones multiculturales.
Competencia cultural y sensibilidad terapéutica
La sensibilidad cultural es una de las competencias esenciales en salud mental, aunque rara vez forma parte del currículo académico. SoHoo (1993) la describe mediante cinco factores: empatía; autoconocimiento del terapeuta respecto a sus creencias y prejuicios; comprensión del mundo singular del cliente; lectura del contexto sociopolítico; y dominio técnico flexible para ajustar la intervención a cada caso. La TBE integra estos elementos de manera natural: observa sin imponer, pregunta antes de interpretar y se adapta antes de corregir.
San Francisco es un ejemplo extremo de este dinamismo cultural. En unos pocos kilómetros conviven familias de México, Vietnam, China, Filipinas, El Salvador, Rusia, Etiopía y un largo etcétera. Esta diversidad produce modos distintos de expresar malestar, pedir ayuda o entender la autoridad terapéutica. Para un terapeuta contextual, este entorno es un entrenamiento continuo: escuchar sin suposiciones, traducir significados culturales, comprender jerarquías familiares y descubrir qué significa “cambio” para cada persona.
Pero la diversidad no siempre va acompañada de privilegio. Durante mi trabajo con niños y adolescentes en el programa Room To Talk, dirigido por Karin Schlanger e inspirado en el MRI, aprendí a escuchar contextos antes que historias: bandas, carteles de drogas, cárcel, familias viviendo en garajes, padres con tres trabajos, jóvenes sin papeles cuya vida estaba marcada por límites estructurales que ninguna técnica podía ignorar. En ese escenario, la Terapia Breve me enseñó a trabajar desde lo posible, desde la realidad concreta del cliente.
Cuando más tarde trasladé este enfoque a Barcelona, gran parte de estos aprendizajes siguieron siendo plenamente aplicables. Mi práctica actual se centra sobre todo en expats europeos y en familias rusas, ucranianas y de otros países del Este afectadas por procesos migratorios complejos. Aunque el entorno cultural es distinto al de California, aparecen temas similares: nostalgia, pérdida, diferencias comunicativas y redefinición de roles. La utilización ericksoniana –trabajar siempre con lo que el cliente trae– se vuelve aquí esencial.
El contexto como clave de significado
Siguiendo a Bateson (1972), ningún comportamiento adquiere significado fuera de su contexto. La cultura configura ese marco interpretativo y define cómo las personas entienden sus problemas, sus vínculos y las opciones de cambio disponibles. Observar este contexto –cultural, familiar, migratorio, socioeconómico– permite al terapeuta comprender la lógica interna del malestar y construir intervenciones congruentes.
Un caso ilustrativo proviene de una supervisión en California: una terapeuta novel caucásica recomendaba a su paciente china “poner límites” a la familia. Sin embargo, en un sistema colectivista donde la identidad se sostiene en la lealtad familiar, aquella propuesta equivalía a una ruptura imposible. Cuando la intervención se reformuló desde el marco de referencia de la cliente y no del de la terapeuta –ser una “buena hija” contribuyendo al bienestar familiar a través de su formación–, el cambio se volvió posible. No fue la técnica lo que transformó la situación, sino su ajuste cultural.
El lenguaje del cliente y la posición down
Erickson insistía en que el terapeuta debía hablar “el idioma del cliente”, entendido no solo como idioma verbal, sino también simbólico y cultural. Adoptar una posición down implica renunciar a la superioridad implícita del rol profesional y dejar que sea el cliente quien marque el territorio semántico.
Un ejemplo frecuente es el uso del lenguaje para construir alianza. En una primera visita, una madre acudió por orden judicial después de que su hijo participara en el robo de un coche. Cuando utilicé el término “robo”, me corrigió con firmeza: “no lo robó, lo tomó prestado”. Insistir en la palabra jurídica habría sido irrelevante y contraproducente. Aceptar su denominación permitió iniciar un trabajo conjunto desde su propio marco de significado.
Cortar la terapia a medida del cliente
La TBE concibe cada caso como único y, por tanto, exige intervenciones ajustadas a la singularidad del cliente. No existen fórmulas universales ni prescripciones válidas para todos los contextos. Erickson no hablaba de resistencia del cliente, sino de insuficiente adaptación del terapeuta. La Terapia Breve del MRI es un modelo no normativo porque se acepta que hay muchas formas de ser y estar como persona, todas ellas válidas para que se organice la interacción humana y por tanto los sistemas.
Parece obvio decir que sugerir las mismas técnicas a un techie de Sillicon Valley que a la señora que tiene una tiendita en la calle y vende sus propios tamales no es útil. Sin embargo ¡cuántos psicoterapeutas encuentro en supervisión que presentan las mismas intervenciones sin adecuarlo al usuario que les viene a pedir ayuda!
Pensar global, actuar local
En este escenario aprendí a “pensar global y actuar local”: reconocer los sistemas más amplios que influyen en el problema, pero intervenir sobre lo inmediato y accionable. Recuerdo a una madre samoana que, trabajando de noche limpiando oficinas, llegó convencida de que “no tenía tiempo para ser buena madre”. En lugar de cuestionar ese sentimiento, la invité a nombrar cómo sabía que sus hijos la necesitaban. Su relato transformó el problema: no era falta de tiempo, sino otra manera –profundamente cultural– de estar presente.
Integrar la dimensión intercultural también implica un posicionamiento ético. Comprender las prácticas culturales no implica aceptarlas sin matices, especialmente cuando entran en conflicto con el bienestar o la seguridad del cliente. La TBE facilita este equilibrio al privilegiar la exploración y la construcción conjunta de alternativas culturalmente aceptables y clínicamente seguras.
Conclusiones
La Terapia Breve Ericksoniana constituye un marco idóneo para integrar la interculturalidad en la práctica clínica contemporánea. Su énfasis en la observación, el lenguaje, el contexto y la relación colaborativa facilita una intervención respetuosa y eficaz con la diversidad cultural.
Trabajar con personas de distintos orígenes no exige dominar sus costumbres, sino cultivar una curiosidad activa, una escucha sin prejuicios y una disposición genuina a aprender en cada encuentro. En esencia, toda terapia es un acto de comunicación entre dos mundos. Y cuando el terapeuta logra mirar desde la perspectiva del otro, las diferencias dejan de ser obstáculos para convertirse en mapas que guían el camino del cambio.
Referencias
- SoHoo, S. (1993). Becoming an interculturally competent teacher. Educational Leadership, 51(2), 22–25.
- Bateson, G. (1972). Steps to an Ecology of Mind. New York: Ballantine Books.
- Erickson, M. H., & Rossi, E. L. (1979). Hypnotherapy: An Exploratory Casebook. New York: Irvington.