Juliana Bilachi: Psicóloga. Escritora y conferenciante internacional.

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El trance se puede definir como un estado de consciencia natural que integra la atención de forma sostenida y sin esfuerzo, mostrando una mayor coherencia interna y una interacción activa entre los procesos de pensamiento conscientes e inconscientes. El trance no es una condición de enfermedad. Es una forma en que el cerebro organiza sus funciones. En este estado, la percepción, la imaginación, el afecto, la memoria y los sentidos trabajan juntos de manera armoniosa.

Desde una perspectiva neurocognitiva, el trance refleja un estado de integración neural optimizada, en el cual múltiples redes cerebrales –particularmente los sistemas atencionales, de modo por defecto, de saliencia y sensoriomotoras– se coordinan de manera eficiente. Esta integración permite una profunda absorción sin esfuerzo cognitivo, facilitando la resolución creativa de problemas, el procesamiento simbólico y el aprendizaje experiencial. La percepción del tiempo a menudo se altera no a través de la disociación, sino mediante la absorción temporal, ya que los recursos atencionales están completamente comprometidos en la tarea del momento presente.

Psicológicamente, el trance representa una forma de alineación relacional intrapersonal. Surge cuando los sistemas internos –cognitivo, emocional, somático y de la imaginación– entran en un diálogo cooperativo. En este estado, la agencia está distribuida en lugar de centralizada; el comportamiento se desarrolla a través de una guía implícita en lugar de un control ejecutivo deliberado. La toma de decisiones se vuelve intuitiva, y la acción se experimenta como fluida y autoorganizada.

Fenomenológicamente, el trance se sitúa entre la mente despierta y la imaginación, manteniendo una alerta total mientras permite que los procesos simbólicos, metafóricos y previos a la reflexión dominen la experiencia. La parte consciente permanece presente, pero no es intrusiva, permitiendo que el material inconsciente influya en la percepción y el comportamiento sin conflicto ni resistencia.

El trance es fundamental en lugar de excepcional. El juego inmersivo al principio, la imaginación activa y la creatividad muestran que el trance es un estado básico durante el desarrollo en el que se produce el aprendizaje, la formación de la identidad y la creación de significado. Estas primeras experiencias establecen un modelo para las capacidades posteriores relacionadas con la autorregulación, la creatividad y la flexibilidad psicológica.

Dentro de los marcos clínicos y terapéuticos, el trance se entiende mejor no como una técnica impuesta al individuo, sino como una capacidad latente para la autoorganización y la transformación. Los fenómenos hipnóticos surgen cuando esta capacidad se facilita intencionalmente, permitiendo que los patrones existentes se aflojen y surjan nuevas configuraciones de experiencia. El cambio, en este contexto, no es impulsado por el esfuerzo, sino que es emergente, surgiendo de la alineación en lugar del control.

 

El trance de Lego

Cuando pienso en el trance, no empiezo con la terapia o los estados alterados. Empiezo con la infancia, sentado con las piernas cruzadas en el suelo con un montón desordenado de piezas de Lego. Recuerdo esa sensación inconfundible de deslizarme en una especie de trance intrapersonal natural, esa fusión silenciosa entre mente y cuerpo donde el tiempo se disuelve y solo queda la creación.

Lo que ahora entiendo es que esas horas con Lego eran más que un juego. Eran una sinfonía perfecta entre muchas partes del cerebro y el sentido innato de las posibilidades. Mis manos se movían casi solas; los ojos escaneaban colores y formas mientras la imaginación susurraba instrucciones desde algún lugar más profundo.

Había concentración, pero no una concentración esforzada. Era una atención sin esfuerzo, un estado absorbido en el que tanto la mente consciente como la inconsciente aportaban energía. Estaba despierto, alerta y alegremente en otro lugar, como un niño justo después de despertar de un sueño maravilloso, aún aferrado a imágenes que no se han desvanecido.

Jugar con Lego fue mi primera experiencia de relaciones intrapersonales: el diálogo íntimo entre mi mundo interior, mis pensamientos, sensaciones e instintos. Hablaban entre sí en silencio. No solo estaba construyendo mi mundo, sino que también me dejaba llevar por él. Un bloque sugería otro, y la creatividad fluía no de la decisión, sino de mi profundo placer por descubrir y aprender.

Mientras contaba historias y escuchaba opiniones, cambiaba los colores, tamaños, formas, movimientos y velocidades de las nuevas construcciones de otros mundos. Fue a través de este trance interno que surgió la relación que establecí con mi atención, imaginación, deseos y emociones, dando sentido a la vida en mi mundo interior. Incluso cuando había silencio entre nosotros, nuestra relación estaba completa, trascendiendo palabras, atención e imaginación.

Puedo entender que los estados hipnóticos están entrelazados en los orígenes de la experiencia. La hipnosis es simplemente un nombre para un ritmo natural del alma, la mente y el cuerpo: el ritmo de perder lo viejo y descubrir lo nuevo.

Mi infancia me enseñó que el trance existe donde la curiosidad se encuentra con una profunda inmersión en la imaginación, toma forma y donde la atención se cumple. El momento perfecto de Lego era una ventana a algo universal: un estado de profunda integración en el que múltiples redes neuronales colaboran, y la emoción, la percepción, la memoria y la intuición se alinean.

Este estado todavía está disponible para nosotros. Vive entre el despertar y el soñar, entre el saber y el preguntarse, entre el planear y el rendirse. Vive en cada actividad que nos reconecta con la creatividad con la que nacimos.

Quizás el mayor secreto de los estados hipnóticos es que siempre están con nosotros. El puente entre los mundos interior y exterior no es un lugar que visitamos; es un proceso vivo. Cada momento de absorción, cada instancia de curiosidad, cada entrega suave a una tarea o sentimiento es un recordatorio de nuestra capacidad innata para movernos entre los reinos de la experiencia.

 El trance infantil no es un recuerdo; es un proyecto. Nos muestra que la transformación comienza en el silencio y la presencia. Reconocer que el crecimiento comienza en la consciencia silenciosa nos ayuda a sentirnos tranquilos y seguros en nuestra capacidad de cambiar sin esfuerzo. Bajo el ruido de nuestras mentes pensantes, hay un diálogo continuo entre la intención consciente y la sabiduría inconsciente. Cuando estos dos se encuentran –cuando lo interno y lo externo se armonizan–, el crecimiento ocurre sin esfuerzo.