Carlos Conde Arranz: Psicólogo Psicólogo sanitario y forense. Especialista en Hipnosis.

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Vivimos tiempos líquidos (en términos de Zygmunt Bauman), unos tiempos caracterizados fundamentalmente por la fragilidad de los referentes, la volatilidad del conocimiento y la hipertrofia de la opinión basada en gran medida en una gran ignorancia voluntaria. En este contexto, la estupidez humana y el denominado «cuñadismo pandémico» parecen haber alcanzado índices de prevalencia preocupantes, hasta el punto de adquirir rasgos cuasi normativos. Paradójicamente, su única dificultad diagnóstica reside en el número: cuando el fenómeno se generaliza, deja de percibirse como desviación y pasa a integrarse en la normalidad estadística.

Diferentes autores han abordado este fenómeno desde perspectivas distintas, pero complementarias. Aaron James, en su célebre obra “Assholes: a stupidity Theory” (2012), sostiene que la estupidez, entendida no como déficit intelectual, sino como una disposición relacional, se manifiesta de forma omnipresente en la vida cotidiana: en el trabajo, en el ámbito familiar, en el espacio público y, de forma especialmente intensa, en la esfera política y mediática. El “imbécil moral”, afirma James, no duda de su legitimidad para imponer su punto de vista, mostrando una decidida impermeabilidad a la crítica y a la evidencia.

En la misma línea, Cebriá y Cabré publicaron en “JANO. Humanidades Médicas” (2005) un provocador artículo, “La estupidez perjudica seriamente la salud”, en el que afirmaban que “probablemente la estupidez sea la primera causa de sufrimiento en nuestra especie, por delante de las enfermedades o de la maldad”. Esta afirmación, lejos de ser una exageración, apunta a un hecho clínicamente reconocible: una parte importante del malestar psicológico que llega a consulta no se encuentra en fenómenos psicopatológicos graves, sino en la exposición prolongada a dinámicas relacionales marcadas por la torpeza cognitiva, la rigidez mental y la arrogancia ignorante de terceros.

Las redes sociales han actuado como un amplificador sin precedentes de este fenómeno. Cada día emergen nuevos “cuñados”, convencidos omniscientes, opinadores universales que suelen introducir sus sentencias con fórmulas del tipo: “A ver, te lo voy a explicar…”. Aprendices de todo y maestros de nada, despliegan una seguridad epistémica inversamente proporcional a su competencia real. Frente a ellos, la retirada estoica suele ser la única estrategia viable: debatir con un “cuñado” no solo resulta estéril, sino profundamente desgastante, pues como señalara Charles Darwin, “la ignorancia genera más confianza que el conocimiento”.

Este patrón alcanza una expresión especialmente llamativa cuando se refiere a la psicología y la psicoterapia. No es infrecuente escuchar afirmaciones como: “yo no necesito ir a ningún psicólogo; yo soy mi propio psicólogo”. Tales declaraciones no son fruto de la autonomía emocional, ni un ejercicio de introspección madura, sino una forma de “ilusoria autosuficiencia cognitiva”, ampliamente estudiada en psicología social, un esquema extendido en multitud de ámbitos.

 

El efecto Dunning–Kruger: incompetencia metacognitiva y sobreconfianza

La relación entre estupidez, vanidad y sobreestimación de las propias capacidades fue descrita empíricamente por David Dunning y Justin Kruger, psicólogos y profesores en la Universidad de Cornell (New York), en su trabajo publicado en el “Journal of Personality and Social Psychology” (1999). El denominado “efecto Dunning–Kruger” no se refiere particularmente a “personas poco inteligentes”, sino a un déficit mucho más específico: “la incapacidad metacognitiva para reconocer los propios límites”, lo que en lenguaje mucho más vulgar podríamos denominar “cuñadismo”.

En su investigación, los autores demostraron que los individuos estúpidos resultan incapaces de reconocer las habilidades de los demás, mientras que tienden a sobreestimar las propias, llegando a conclusiones erróneas y tomando decisiones desacertadas. Dunning y Krugger realizaron un experimento en el que midieron las habilidades intelectuales y sociales de una muestra de estudiantes. Paralelamente les pedían a los participantes que estimasen cuáles iban a ser los resultados. Invariable y reveladoramente, los más mediocres estimaban encontrarse por encima de la media y esperaban unos resultados que avalasen sus expectativas, mientras que los más brillantes estimaron que se encontrarían por debajo de la media estadística resultante. Obviamente, los resultados reales no confirmaban las hipótesis de los participantes. Este fenómeno, no explicado exclusivamente por un narcisismo en sentido clínico, sino por una falta de capacidad para reconocer los errores propios, es lo que Dunning describió posteriormente como una forma de “incompetencia epistémica autorreforzada” (Dunning, 2011). En otras palabras: para reconocer que uno se equivoca, primero hay que saber lo suficiente como para entender por qué está equivocado.

Investigaciones posteriores realizadas por Pennycook (2017) y Anson (2018) han replicado y matizado el efecto, señalando que se intensifica en contextos de alta carga ideológica, baja rendición de cuentas y exposición a entornos que refuerzan la autoafirmación acrítica, tal como sucede en las redes sociales (Pennycook et al., 2017; Anson, 2018).

 

Cipolla y la estupidez como fenómeno estructural

Desde una perspectiva más sociológica e histórica, Carlo Cipolla, historiador y profesor de diversas universidades italianas, así como en la Universidad de Berkeley hasta 1991, enunció en su obra “Las leyes fundamentales de la estupidez humana” (1976/2013), cinco leyes fundamentales relacionadas con la estupidez y su índice de prevalencia poblacional:

  1. Siempre e inevitablemente, cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo. “Stultorum infinitus est numerus”, afirma la Vulgata (traducción de la biblia al latín, a cargo de San Jerónimo en el siglo IV).
  2. La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona, incluso su nivel “educativo”, que no cultural.
  3. Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas, sin obtener al mismo tiempo un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.
  4. Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. En tanto que al malvado le vemos venir, el estúpido es más imprevisible.
  5. La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe, incluso más que el malvado.

Estas leyes concuerdan de forma notable con el efecto Dunning–Kruger: ambos describen sujetos que operan con “certeza subjetiva y ausencia de conciencia de daño”, lo que los convierte en agentes particularmente desorganizadores a nivel social y relacional.

No es casual que el lector de este artículo, al recorrer estas descripciones, tienda a identificar rápidamente ejemplos en su entorno. Lo verdaderamente inquietante (y aquí Cipolla es especialmente lúcido) es la dificultad para reconocerse a uno mismo dentro de dicha categoría, lo que convierte a la estupidez en un fenómeno autorreferencialmente ciego.

 

Conclusión

Más que una categoría diagnóstica futura (quién sabe si en el próximo DSM-VI) la estupidez contemporánea parece constituir un “problema de salud relacional colectiva”, alimentado por la sobreexposición a opiniones no cualificadas, la devaluación del conocimiento experto y la ilusión de competencia universal. Comprender el efecto Dunning–Kruger no solo nos permite identificar el “cuñadismo pandémico”, sino también introducir una saludable dosis de duda epistemológica sobre nuestras propias certezas. Porque, en última instancia, el verdadero antídoto contra la estupidez no es ya la inteligencia, sino la “conciencia de los propios límites”.

 

Referencias

  • Anson, I. G. (2018). “Partisanship, political knowledge, and the Dunning–Kruger effect”. Electoral Studies, 56, 119–122.
  • Bauman, Z. (2000). “Modernidad líquida”. Tusquets.
  • Cebriá, J., & Cabré, J. (2005). “La estupidez perjudica seriamente la salud”. JANO. Humanidades Médicas, 68, 52–56.
  • Cipolla, C. M. (2013). “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”. Crítica.
  • Dunning, D. (2011). “The Dunning–Kruger effect: On being ignorant of one’s own ignorance”. Advances in Experimental Social Psychology, 44, 247–296.
  • Dunning, D., & Kruger, J. (1999). “Unskilled and unaware of it”. Journal of Personality and Social Psychology, 77(6), 1121–1134.
  • James, A. (2012). “Assholes: A theory”. Doubleday.
  • Marina, J. A. (2004). “La inteligencia fracasada”. Anagrama.
  • Marmion, J.-F. (2019). “La psicología de la estupidez”. Alianza Editorial.
  • Pennycook, G., Cheyne, J. A., Barr, N., Koehler, D. J., & Fugelsang, J. A. (2017). “On the reception and detection of pseudo-profound bullshit”. Judgment and Decision Making, 10(6), 549–563.